LA DEFENSA DE EUROPA

Pocos saben que nada más terminarse la Segunda Guerra Mundial se intentó crear una defensa genuinamente europea, cuando los Estados “vencedores”, y los vencidos que reformularon sus sistemas para crear el constitucionalismo democrático por el que se rigen, intentaron, a instancias de Jean Monnet, crear la Comunidad Europea de Defensa (CED). Poco después del fin de la guerra, el ejército norcoreano comenzó la invasión de Corea del Sur, quebrándose el delicado quilibrio que la políticae de bloques había instituido. En Europa se comenzó a temer que sucediera algo parecido entre las dos Alemanias y ¿qué consecuencias podría tener que la Alemania del Oeste fuera invadida por sus vecinos bajo control comunista? ¿Cómo tendría que reaccionar el bloque occidental? ¿Y los Estados Unidos? La República Federal Alemana estaba desmilitarizada como consecuencia de los acuerdos tomados al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Adenauer, el canciller alemán, estaba además en contra de la creación de un nuevo ejército alemán, pese a las circunstancias de crisis. Él aceptaría, comunicó, “un contingente alemán en el marco de un ejército de la federación europea bajo mando europeo”, pues temía que Stalin tuviera los mismos planes para Alemania que para Corea. Paralelamente, Churchill, en Estrasburgo, propuso la creación de un ejército europeo bajo la autoridad de un Ministro Europeo de Defensa . Se comenzó a trabajar en la posibilidad real de tal opción, con un mando común europeo, responsable ante un Consejo de Ministros y una Asamblea comunes y financiado por un presupuesto común (incluso con un uniforme común). Sin embargo, la oposición francesa, capitaneada por De Gaulle, haría fracasar el proyecto.

El proyecto de Tratado de la CED fue adoptado por los seis miembros de la CECA (Alemania, Italia, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo) el 10 de septiembre de 1952 en Luxemburgo y al día siguiente se creó una comisión constitucional (sic) que fue presidida por Spaak. Pero Francia se resistía. La idea de un ejército europeo era totalmente contraria a los objetivos que los soberanistas, es decir, aquéllos que no estaban de acuerdo con la supranacionalidad, defendían, y que no eran otras que la simple coordinación política y económica en aquellos ámbitos que no comportaran cesión real de competencias a las recién creadas instituciones de la CECA y las posibles futuras cesiones a la CED. La Asamblea Nacional francesa debatió ampliamente el proyecto, no sin desgarros, puesto que Francia era país promotor, por una parte, y por otra, la mitad de sus componentes no se sentían vinculados al proceso de integración. El debate fue largo, oscuro en ocasiones, y tenso. Finalmente, el 30 de agosto de 1954 la mayoría de la Asamblea Nacional rechazó el Tratado de la CED , lo que significó también la muerte de la Comunidad Política Europea. De Gaulle, aún sin gobernar, había conseguido su objetivo: paralizar la integración europea y demostrar al mundo que Francia ejercía su soberanismo con eficacia.

Con ello hasta el Tratado de Lisboa la UE no tuvo competencias propiamente dichas en materia de acción exterior, defensa incluida. Ahora formalmente las tiene, pero no han sido desplegadas con el enorme potencial que la regulación de los Tratados hace previsible. Y la “amenaza” que el tema de los refugiados, en conexión con la guerra en Siria, la situación en Libia, en Irak, en todo Oriente próximo y medio, así como en África central, constituye todo un desafío en el marco de esa política exterior. Esta política exterior, conectada a ese espacio de libertad, seguridad y justicia que también prevén los Tratados, nos está atenazando. La razón es que nuestras autoridades europeas, en vez de aplicar la ley, quieren “hacer política” (en el peor sentido de la palabra) en un tema en el que están en riesgo no sólo nuestras libertades, sino la propia vida de los más débiles sobre el terreno, es decir, las personas que, por distintos motivos, huyen de zonas de conflicto y no consiguen que se apliquen debidamente las normas sobre asilo y refugio a las que estamos vinculados.

Por una parte los Tratados ponen en pie una “política común de seguridad y defensa” en conexión con la “política exterior y de seguridad común”, que ha de tener capacidad operativa basada en medios civiles y militares y que ha de estar también conectada con la de los Estados miembros. Se tiene que crear una Agencia Europea de Defensa, por expresa disposición de los Tratados y, también, porque la realpolitik a la que el Brexit en UK y el triunfo de Trump en USA, nos abocan a ello con mayor urgencia. Y tenemos que replantearnos, en este nuevo escenario, los compromisos con la OTAN, porque estamos integrados en ella y todos los Estados que forman parte de esta organización fundamentan su defensa colectiva y la ejecución de la misma en este mecanismo de integración. Dicho mecanismo, por otra parte, también deberá reflejar en su estructura y forma de actuación, la realidad a la que el Brexit y la nueva postura norteamericana nos abocan. Desde varios Estado miembros, Francia y Alemania sobre todo, pero no sólo desde ahí, se ha llamado la atención sobre cómo puede afectar el Brexit a esa política de defensa que Europa tiene que poner en pie y gestionar eficazmente, aún a sabiendas de lo cara que va a resultar su financiación. Es bien cierto que la recomposición de Europa será complicada. Por una parte, tras el referéndum del Brexit, ya veremos cómo se gestiona eso, que cada vez está más complicado por la ineptitud del gobierno británico y la cobardía política de un parlamento que, pese a las elecciones, continúa estando huérfano de líderes plausibles, ya veremos cómo y en qué sentido se abordan estas cuestiones en los próximos meses. Ello conjuntamente con el desplazamiento de la tradicional política trasatlántica hacia no se sabe bien dónde, por el flanco abierto por Putin y la presión económica del sudeste asiático.

Todo ello obliga a una reflexión para la que, quizás, no estamos todavía bien pertrechados. Habrá que aplicarse a ello si queremos no salir malparados de esta nueva etapa que se avecina, con un gobierno nuevo que tendrá que afrontar todo ello y con unos políticos que por el momento vienen demostrando excesiva lasitud para enfrentar, en prácticamente todos los países y en la propia UE, el debate parlamentario en forma que pueda, realmente, servir de orientación al ejecutivo. Sobre todo, porque el populismo y la demagogia no dejarán de estar presentes y ello nos va a obligar, aquí, a estar más atentos a la nueva correlación geoestratégica a la que deberemos hacer frente como Estado miembro de una Unión Europea que también está buscando su rumbo.

 

L’Ametlla del Vallès, 27 de agosto de 2018.

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