LOS MUROS

Si preguntamos a cualquier persona joven por algún muro, seguro que nos mencionará, rápidamente, el muro de Facebook. Incluso puede que nos indique el muro de Invernalia, el de Juego de Tronos. Es más difícil que describan otros muros que, desde el de Adriano, vienen separando comunidades, territorios y países. A ellos me referiré en este escrito, porque me temo que estemos construyendo muros de contención ante los cuales se están estrellando no sólo la libertad de movimiento sino también la racionalidad, el pensamiento libre y el rigor intelectual.

De entre todos los muros que he visitado, tres me han impactado fuertemente: el de Belfast, el de Ciudad Juárez y el de Berlín. Cada uno de ellos me retrotrae a situaciones que nunca debieron haberse producido. Y cada uno de ellos ha originado dramas humanos que no tienen ningún tipo de justificación.

Estuve en Belfast hace pocos meses, en el marco de un proyecto europeo que estudiaba la problemática de la libre circulación de las familias LGTB en la Unión Europea. Allí teníamos un partner norirlandés que era una organización que prestaba apoyo jurídico al colectivo LGTB de su zona. Nuestros colegas irlandeses eran, además de muy competentes en el ámbito profesional, extraordinariamente amables y, hasta diría, entrañables, con nuestro equipo. Nos enseñaron la ciudad y la comarca, la verde costa irlandesa, con la imponente Calzada del Gigante, explicándonos, al mismo tiempo, el contexto actual del conflicto de Irlanda del Norte, que estaba todavía presente en todo tiempo y lugar. En Belfast, cada barrio está todavía dentro de su muro y, al anochecer, continúan cerrando las puertas, para que el tránsito entre las dos zonas no pueda producirse hasta el siguiente amanecer. Muchos taxistas no aceptar cruzar a la otra zona; un gran número de ellos ni tan siquiera la conocen y quieren evitar el conflicto directo con gente del otro lado. El tour turístico que algunos transportistas realizan durante el día únicamente permite apreciar la parte externa del muro, con las correspondientes y constantemente remozadas pinturas y pintadas, así como las puertas metálicas que cierran ese contorno de separación entre barrios. En la noche, el ambiente de las calles cercanas al muro se asemeja a una plancha de plomo… Si alguien no ha llegado a su territorio a tiempo, antes de que se cierren las puertas, debe dar una larga vuelta por los suburbios más alejados y penetrar en el interior de la zona de los otros por andurriales que sólo los más avezados conocen. El hotel en el que nos hospedaron había sido objeto de las bombas del IRA repetidas veces; en su vestíbulo, un cartel advertía en tono desafiante que el hotel “estaba siempre abierto” y una exposición de fotografías mostraba que durante varios meses sustituyeron los cristales de las ventanas por plásticos, para evitar que las explosiones lesionaran a los huéspedes. Cuando entrabas en un pub, podías ver todavía las fotografías de los caídos del respectivo bando, según la zona en que estuvieras. Un ambiente gélido, de fuerte dureza, presidía las relaciones sociales y muchas personas, pertenecientes a cualquiera de las dos comunidades, prácticamente nunca tenían contacto con alguien que fuera de la otra. “Ya no se matan, pero continúan odiándose” era la frase que me venía repetidamente a la cabeza.

En Ciudad Juárez la cosa era distinta. El muro, que separa esta ciudad mejicana de El Paso, ya en Estados Unidos, pretende impedir que entren en este último país las personas provenientes de Méjico. Muchas de ellas habían atravesado penosamente buena parte del continente, pues provenían de Centroamérica o de otros países situados más al sur, buscando una vida mejor para ellos y para sus familias. Las mafias, a cambio muchas veces de todo lo que estas personas poseían, se encargaban de organizar los viajes, en condiciones infrahumanas la mayor parte del tiempo y, también, de hacerles pasar el muro, a través de túneles normalmente, con riesgo de sus vidas y sabiendo que en la mayor parte de los casos tales tentativas serían detectadas, con la subsiguiente detención y deportación de las personas que lo habían intentado, a veces por tercera, cuarta, quinta… vez. El muro estaba coronado por una alambrada electrificada y cada pocos metros una torre de vigilancia controlaba que la zona se mantuviera tranquila. Patrullas policiales, tanto mejicanas como estadounidenses, recorrían el perímetro del muro reforzando los controles. Grupos de mirones eran periódicamente desalojados de las atalayas que, en paralelo, y como primer nivel de disuasión, transcurrían en paralelo al muro. Era un muro frío, inhóspito, en medio del desierto que cubre la parte norte de Chihuahua y el sur de Tejas, antaño habitado por apaches y tarahumaras y hoy en día surcado de urbanizaciones de alto standing, valladas a su vez y con vigilancia privada fuertemente armada, dirigida a garantizar una tranquila exclusividad a los residentes de estos habitáculos. Muy cerca se podía apreciar la frontera oficial, con largas colas de vehículos alineados de cara a las entonces (no sé si ahora también están pintadas así) verdes garitas fronterizas, a la espera de cruzar de un lado al otro, especialmente del sur hacia el norte, puesto que los controles eran mucho más exhaustivos en este sentido. Cercanos al muro, o a las alambradas que lo prolongaban delimitando la frontera, campos sembrados de cruces o de piedras con nombres femeninos, recordaban el feminicidio habido en Ciudad Juárez durante largos años.

No estuve en Berlín cuando cayó el muro, mejor dicho, cuando lo tumbaron. Sin embargo, siempre lo había tenido presente en mi pensamiento porque, siendo todavía una niña, una vez que me llevaron al cine, en el NODO, pasaron unas imágenes de su construcción, en blanco y negro, que me dejaron impactada. Se veía en ellas cómo se arrancaba a personas de las ventanas (se habían subido a ellas para lanzarse al vacío) de los edificios que separaban la zona controlada por los rusos de la que había quedado adjudicada al resto de potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial. Seguidamente las tapiaban con ladrillos, sellando la permeabilidad entre ambas franjas. Algunas gentes conseguían saltar in extremis, en el último momento y varias eran abatidas a tiros cayendo ya al otro lado. Se veía también cómo, en otras partes, se levantaban vallas y se construían tapias de separación, rechazando con golpes y empujones a quienes pretendían no quedarse dentro de lo que después se denominó el Berlín oriental. Y la voz característica del locutor de este noticiero oficial explicaba que aquel muro se estaba levantando sin previo aviso, separando amigos y familias, que tenían que permanecer en uno u otro lado según dónde se encontraran en el preciso momento de su construcción. Periódicamente, el NODO nos continuaba mostrando los intentos de saltar el muro, a veces finalizados exitosamente y otras fallidos, protagonizados por personas del Berlín oriental, que pretendían pasar a la otra zona. Claro, Berlín, situada en territorio de la denominada República Democrática de Alemania, bajo influencia directa de la Unión Soviética, también había sido dividido en forma semejante al propio país, creando una minúscula isla de modo de vida occidental, reconstruida tras la guerra y mostrando una llamativa arquitectura, que la hacía apetecible a muchos de los otros berlineses, ya fuera para quedarse en ella o para posteriormente establecerse en otras partes de la República Federal de Alemania o emigrar a otros países no vinculados al bloque soviético. Esta separación es evidente todavía, no sólo por los restos que se han mantenido como recuerdo del muro, sino incluso desde el metro que ahora ya une las dos partes y muestra lo que había sido una especie de tierra de nadie en la que múltiples personas habían perdido la vida en desesperados intentos de pasar de un Berlín al otro. Pero no sólo la guerra había desgarrado a la ciudad. Berlín ya había sido moralmente destrozada en la preguerra, durante el período nacionalsocialista. Y continuó estándolo en esa posguerra de guerra fría, cuando el control que ejercían unos sobre la vida de los otros se añadía como un muro moral a las vallas, los parapetos o las ventanas tapiadas. Por ello, cada vez que viajo a Berlín, no puedo sino recordar que, lo que ahora veo, en una ciudad cosmopolita, culturalmente abierta y puntera en múltiples aspectos, durante largos años estuvo, en cada una de sus partes, vedado a la media humanidad que correspondía a la parte contraria.

Los muros… También existen otros muros, por ejemplo, en el Sáhara. U otras vallas, como las que rodean a Ceuta y Melilla. O la que se está construyendo en Hungría para evitar el flujo de refugiados que las hipócritas guerras en Siria, Libia y otros países de Oriente Medio generan hacia el oasis europeo. Se trata de muros físicos, que impiden la libertad de movimiento. Justificados, o no, por la necesidad de controlar el acceso a una Unión Europea que no sabe bien cómo gestionar esta avalancha de personas que pretenden, también ellas, encontrar una vida mejor.

Aunque también estamos ante muros morales, de esos que el ojo humano no puede apreciar, pero que generan ilegítimas divisiones y rompen amistades, familias y relaciones. Estos muros se asientan sobre las arenas movedizas del populismo o del nacionalismo, que tanto daño han hecho en esta nuestra Europa durante los últimos siglos, especialmente en la pasada centuria. Se nutren de la irresponsabilidad de quienes pretenden, a veces con éxito, engañar a sus congéneres, prometiéndoles lo imposible y situándoles ante el descalabro social. Consiguen introducir, otra vez, la división entre buenos y malos. Censuran todo lo que no responda a su propio concepto identitario. Desafían a la historia y a la razón. La manipulación más descarada va tejiendo con todo ello una distancia en la forma de pensar de las personas que, progresivamente, se va rellenando, primero de incredulidad, después de indiferencia y, finalmente, de la aquiescencia que acaba edificando el muro.

Zweig, en “El mundo de ayer: Memorias de un europeo”, narra el soterrado estallido de aquella sociedad que se pretendía humanista y que, por no haber sabido, podido o querido reaccionar a tiempo, quedó destrozada por el seguimiento de las doctrinas que llevarían a una de las peores tragedias que tuvo que sufrir la sociedad europea. Y no sólo ella… Una sola frase de su libro muestra con toda claridad la ignominia a la que tuvieron que enfrentarse nuestros ancestros: “Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación tal hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra.”

Aunque parezca que la modernidad impide que cosas semejantes se repitan, hay que ser conscientes de que no estamos inmunizados. Y de que no podemos dejar que se vayan construyendo más muros divisorios, porque el desastre puede estar acechando a la vuelta de la esquina.

Regresando de Pamplona, 6 de octubre de 2015.

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