EL BAILE DE LOS NÚMEROS

Y habló el pueblo. Pasó el 27 de septiembre, por cierto bajo una luna de sangre con eclipse, y no se hundió el mundo. Lo que si se hundió fue el régimen gobernante en Cataluña en las últimas décadas. La ciudadanía se ha manifestado en una votación cuyos resultados ofrecen interpretaciones que rompen la lógica a la que estábamos acostumbrados.

El planteamiento que ha jalonado toda la campaña electoral también ha resquebrajado la lógica habitual de las elecciones parlamentarias. Lejos de plantearse un debate sobre las respuestas políticas que los distintos partidos ofrecen a sus potenciales electores, el nacionalismo catalán “clásico” (Convergencia Democrática y Esquerra Republicana) se ha presentado en una candidatura conjunta, Junts pel sí,  que también ha incorporado a un sector derivado de Iniciativa por Cataluña y a independientes independentistas (disculpen la cacofonía). Tal lista electoral aparecía con un único punto en el programa: la hoja de ruta para conseguir la independencia de Cataluña bajo la égida del Presidente en funciones, Artur Mas. Éste, por cierto, ocupaba el cuarto puesto en esta lista y ello le permitió no aparecer en los debates previos a las elecciones y, por consiguiente, no dar cuentas de la discutida gestión de su gobierno. El resto de partidos, independentistas o no, cada uno los suyos y con su programa y líder.

Durante toda la campaña, Artur Mas ha repetido machaconamente que estábamos ante unas elecciones plebiscitarias, en las que quienes votaran por otras candidaturas, con la excepción de la CUP (los antisistema que consideran la independencia como un arma para romper con el establishment y por eso coinciden con el resto de independentistas) estarían votando contra la independencia de Cataluña. Lo hemos oído por activa y por pasiva, continua y machaconamente. Además, el mensaje del (todavía) Presidente de la Generalitat en funciones se focalizaba continuamente en la necesidad de que Junts pel sí tenía que obtener la mayoría absoluta, para garantizar el cumplimiento de esa hoja de ruta, que le permitiera seguir adelante con su intención de separar Cataluña de España.

Pues parece que va a ser que no.

Contradictoriamente a lo que pudiera parecer, Junts pel sí, que afirmaba que lo que buscaba era conseguir la mayoría absoluta en el Parlament (68 de los 135 escaños que tiene la cámara catalana) que le permitiera, en el momento en que creyeran oportuno, aprobar una Declaración Unilateral de Independencia (DUI), siguiendo el “modelo Kosovo” y acompañada de una movilización semejante a la “Vía Báltica”, no ha alcanzado tal mayoría y necesita que dos parlamentarios de alguna de las otras formaciones políticas que han obtenido representación en la cámara le cedan sus votos en la sesión de investidura.

El mensaje ha sido, en puridad, totalmente contradictorio: se ha querido, por una parte, utilizar las elecciones como un sucedáneo de plebiscito en los que se tuvieran que contabilizar, de un lado, los votos obtenidos por las formaciones declaradamente independentistas (Junts pel sí y la CUP) y, del otro, los del resto. Por otra parte, se pretende al mismo tiempo la formación de una mayoría en el Parlament formalizada alrededor de los escaños obtenidos por las candidaturas manifiestamente secesionistas. ¿En qué quedamos? ¿Tenemos que contabilizar votos ciudadanos o tenemos que contabilizar escaños parlamentarios? ¿Hemos votado en unas elecciones parlamentarias o en un plebiscito?

Tal contradictorio mensaje, situado fuera de toda lógica jurídica y política, ha creado una confusión tal que, una vez celebradas las elecciones y constatados los resultados, la perplejidad de buena parte de la ciudadanía está provocando una gran desorientación incluso entre los propios votantes de Junts pel sí y en algún mandatario internacional, como el Presidente de la Comisión Europea, Juncker, que en sendas declaraciones efectuadas tras los comicios, ha hablado del “referéndum” realizado en Cataluña.

Efectivamente, o se trata de elecciones o se trata de referéndum. Las primeras sirven para formar los parlamentos y, mediante el juego político de mayorías y minorías, formar gobiernos. Los segundos preguntan una cosa determinada a la población, que tiene únicamente la opción de estar o no de acuerdo.

Si se trata de unas elecciones parlamentarias o plebiscitarias (este último concepto, elecciones plebiscitarias, no existe, puesto que plebiscito es sinónimo de referéndum, aunque con ciertas connotaciones peyorativas, puesto que recuerda votaciones de ensalzamiento del líder propias de democracias débiles, por no decir directamente regímenes totalitarios) la forma de interpretar los resultados es muy distinta. En las elecciones parlamentarias las mayorías se forman por escaños; en los plebiscitos, por votos.

De ahí que, una vez realizadas las elecciones, se hagan lecturas totalmente distintas por unos y por otros. Si en lo que nos fijamos es en los resultados en escaños, entre Junts pel sí y la CUP (punto en común entre ambos: separar Cataluña de España) tienen la mayoría absoluta en el Parlament. Si contamos votos, estas dos fuerzas, claras propulsoras de la independencia de Cataluña, no llegan al 50% de adhesiones, pues se quedan cerca del 48% del sufragio expresado y alrededor del 33% del censo de votantes.

¿Por qué con tan escaso apoyo ciudadano se puede conseguir la mayoría absoluta de los diputados en el Parlament? Hay que ser muy conscientes de que ello es debido a la perversión del sistema electoral que rige la celebración de las elecciones parlamentarias en Cataluña. Efectivamente nos estamos rigiendo por una disposición del Estatuto de Autonomía, adoptada con carácter provisional para las primeras elecciones al Parlamento catalán, a la espera de que el Parlament aprobara la ley electoral propia en el marco de sus competencias constitucionales y estatutarias. Esa disposición adicional establecía un reparto de diputados por circunscripciones (que son cuatro, las cuatro provincias catalanas) que respondía a la lógica, loable en principio, de primar a las provincias pequeñas (Girona, Lleida y Tarragona) para que el peso de la gran Barcelona (donde se concentra la mayor parte de la población de Cataluña) no fuera usado en detrimento de las necesidades específicas de los territorios pequeños. Sin embargo, este objetivo, repito que legítimo, fue desnaturalizado ya en sus inicios, al configurarse el reparto de diputados de tal modo que, para obtener un escaño en Barcelona, se tiene que obtener, de media, más del doble de votos que para conseguirlo en Girona, Lleida o Tarragona.

Tal desproporción (algo equivalente fue considerado contrario a la Constitución por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos) se ha venido manteniendo a lo largo del tiempo, pues el Parlament de Cataluña no ha sido capaz, en todos estos años, de aprobar una ley electoral que diera respuesta a los principios básicos con que debe contar todo sistema electoral democrático y nos regimos por la técnica del sistema d’Hondt, aplicando supletoriamente la Ley electoral general española, para transformar los votos en escaños. Aunque los partidos políticos no quieren darle publicidad a la cosa, la realidad es que, cada vez que se ha iniciado la elaboración de una ley electoral catalana (si mal no recuerdo ha sucedido en tres ocasiones), todo el proceso ha terminado en agua de borrajas, esencialmente porque los favorecidos por esa organización de las circunscripciones (básicamente Convergència i Unió) no han querido nunca renunciar a tal desproporcionado privilegio.

En democracia, la organización del sufragio universal mediante las leyes electorales siempre se ha enfrentado al problema de la igualdad en el sufragio, es decir, en crear un sistema que se aproxime lo más posible a que valga lo mismo el voto de cada persona. Seguramente, en unas elecciones que no se hubieran planteado en el diabólico contexto de las últimas que han tenido lugar en Cataluña, la quiebra del principio de proporcionalidad no se hubiera evidenciado tan rabiosamente como en estos momentos.

Sobre todo porque esos mismos que machaconamente han querido dar un carácter plebiscitario a las elecciones durante la campaña, ahora, cuando estamos no ante sondeos, opiniones o encuestas, sino ante el voto directamente expresado y efectivamente contabilizado, sólo quieren aferrarse, para conseguir sus ilegítimos y antidemocráticos (por anticonstitucionales y sectarios) objetivos, a un resultado en escaños que, aunque les favorece, deriva de un voto que les ha sido mayoritariamente contrario y que únicamente les otorga la mayoría en escaños en tanto en cuanto es fruto de un sistema que puede derivar en pervertir y subvertir lo que la población ha expresado en las urnas.

En el AVE, 30 de septiembre de 2015.

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