IDENTIDADES

Escribir sobre identidades cuando miles y miles de personas intentan encontrar refugio en esa nuestra Europa, huyendo de la guerra y la barbarie que se están produciendo a poco más de una hora de avión de nuestra casa, me produce una cierta vergüenza.

Si no fuera porque nos estamos jugando el mantenimiento de los valores de libertad e igualdad que han venido jalonando la construcción europea (incluyo aquí tanto al Consejo de Europa como a la Unión Europea) no osaría hacerlo, puesto que merecería el desprecio de toda esa población desplazada, o que espera en campos de refugiados a tiro de piedra de nuestro Mediterráneo, que quiere vivir en paz y en libertad.

¿Por qué me interrogo sobre las identidades? La respuesta es compleja. No sé cómo identificarme. Cuando estoy en el desierto me siento beduina. En Méjico o Perú me siento medio latina. En Bruselas me creo europea. En Francia me invade el racionalismo. En Alemania, según esté en el este o en el oeste, especialmente en Berlín, me asaltan sentimientos diferentes, que no puedo identificar, pero que creo responden a una cierta empatía con los sufrimientos del pasado nazi o comunista que tuvo que soportar su población. Del mismo modo, en el gueto de Cracovia me siento judía y en los distintos países de Europa oriental en los que he estado trabajando en la formación de jueces o como cooperante universitaria tras la caída del comunismo no puedo menos que identificarme con los que guardaron la antorcha de la libertad resistiendo al totalitarismo. Con todo ello (y otras vivencias), se me hace muy difícil responder a la pregunta de con quién me identifico, porque incluso cuando estoy en mi casa y en mi tierra, continúo siendo un poco de todas partes.

Escribo todo esto desde Madrid, en 11 de septiembre, fecha en la que en Cataluña se conmemora (no digo celebra porque tiene su origen en una derrota) lo que se denomina “La Diada”. Yo dejé de participar en ella rápidamente, en cuanto, allá por los primeros ochenta, los nacionalistas comenzaron a apropiársela, cuando comenzó a tener un cierto carácter excluyente. Pasé, de llevar a Montblanc el mensaje (mejor dicho al mensajero) que Tarradellas escribió desde Saint-Martin-le-Beau para la “Marxa per a la llibertat” y de jugármela frente a los llamados “Guerrilleros de Cristo Rey” para que en la Universidad de Lleida (entonces Estudio General de Lérida) se normalizara el uso del catalán en la vida universitaria, a desentenderme de tales eventos, al constatar la tergiversación que, desde los partidos y las organizaciones sociales nacionalistas, se estaba haciendo respecto de la identidad de quienes somos catalanes, quizás, incluso mucho más que los constructores del ahora oficial catalanismo de campanario, excluyente de todo lo que han aportado a Cataluña quienes han vivido y trabajado en ella a lo largo de los siglos.

Si, para la cultura oficial políticamente correcta en Cataluña, no se puede ser, a la vez, de Lleida, catalán, español y europeo, además de un poquito de todos los lugares que nos aportan vivencias y querencias, ¿cómo vamos a integrar a todas esas personas que tendremos que, solidariamente, acoger en los próximos meses? ¿Vamos también a insertar a sus hijos en colegios donde sólo se les hable de esa Cataluña excluyente que se pregona también no sólo en la política sino también en las escuelas, institutos o, aunque menos, en las universidades? Sé de lo que hablo, por haberlo constatado repetidamente. Pondré sólo dos ejemplos recientes: he visto a parvulitos que todavía no saben leer ni escribir, de distintas etnias y nacionalidades, pintando “El autobús de 1714” que nos llevará a la independencia; he asistido a la entrega del premio a trabajos de investigación para estudiantes de bachillerato a una muy motivada estudiante de origen extranjero, a la que se había educado en la creencia de que había emigrado de su país a Cataluña, sin que para ella tuviera significado alguno no sólo España sino la misma noción de Estado de las Autonomías. Claro que sé de qué hablo. En mi propia familia, si yo no me hubiera ocupado de lo contrario, alguno de sus miembros no hubiera estudiado nada más allá de la comarca del Vallés Occidental durante toda la Educación General Básica. Y no quiero entrar ahora, ya lo haré en otra ocasión, en cómo (no) se introduce el conocimiento de la ciudadanía europea en nuestras aulas.

No se ha integrado en Cataluña a quien ha llegado de fuera. Lo que se ha hecho es, por una parte, una anquilosada política de asimilación, especialmente cuando los recién venidos provenían de otras partes de España y, por otra parte, otra política de falso respeto a la cultura del otro, llegado de mucho más lejos, que está convirtiendo en guetos a barrios enteros, eso sí, prometiéndoles, como hipócritamente hicieron los nacionalistas en los países bálticos con las minorías, que con la independencia se convertirán en ciudadanos de primera clase.

Si esto es lo que se viene haciendo hasta ahora, ¿qué se va a hacer con los nuevos futuros ciudadanos? Cuando pienso en ello, veo un abismo a mis pies…

Madrid, 11 de septiembre de 2015.

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One thought on “IDENTIDADES

  1. Magnanimidad. Siempre uno ha sido sido terráqueo [de inteligencia y de corazón]. Siempre he querido y buscado que mi corazón y el de los míos se vayan haciendo grandes-grandes. Y combatir amablemente la mezquindad, las estrecheces, la cerrazón. [No en vano, el sabio Aristóteles apuntó bien, bien alto, al decir que la magnanimidad es la virtud por antonomasia]. Por eso congenio, y hasta el fondo, con lo que has dicho en tus ‘Identidades’, de 11 de septiembre, Teresa, con ese coraje admirable, que por lo que sé de ti, desde que te conozco y me honro en tu amistad, brota de las fuentes más hondas de tu personalidad, construida con el testimonio diáfano de lo que eres, de lo que crees y de lo que amas.

    Ese universalismo mío, irrenunciable y que no está exento de anárquica ferocidad contra las estrecheces que niegan el florecimiento de lo humano, en su diversidad espléndida, siempre única, no quita que uno quiera más, con una preferencia inevitable, lo que ha aprendido a vivir, a amar como más suyo. Y eso empieza, claro está, con las propias personas de referencia y en esas zonas de arraigo, con quienes y donde uno va aprendiendo las sacudidas del vivir, del dolor y del amor. [Porque el amor es siempre concreto, carnal, como el dolor].

    Pero luego, afortunadamente, uno va, paso a paso, extendiendo ese amor, esa capacidad de amar más, fruto de sus turbadoras, tantas veces tumbativas, experiencias de encuentro con lo humano, allá donde se dan. Incrementamos, podemos incrementar, la amplitud del círculo de nuestro reconocimiento de la humanidad, en el esplendor único, insustituible, de sus diferencias personales y agrupadas en densos ámbitos. Incluso en los que, tristemente, se encastillan por temor a la vida. Y todo esto se puede sin necesidad de desarraigarse, incluso acreciendo la propia capacidad para un arraigo secuencial multiplicable, allí donde uno esté.

    Como ese del que hablas, Teresa. Y bien sé que no eres, desde luego, camaleón ni veleta ni paja llevada por los vientos, sino muy personal; una persona con muchos arraigos y con una poderosa, acrecida capacidad de arraigar y seguir y seguir arraigando. Tal vez seas, por eso, un buen ejemplo de lo que quería decir Aristóteles cuando hablaba de la virtud. De lo magnánimo. Y así te conviertes, francamente, en un ser de los míos. Pero especial, de los que multiplica mi alegría de vivir. Y la refuerza.

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