EL SECUESTRO DE CATALUÑA

Tengo la sensación de que Cataluña (sic) está culturalmente secuestrada. Como si estuviera en un zulo, tras una puerta cerrada con una cadena y un candado. Imagino una puerta antigua, con fisuras en la madera, reseca, con rendijas por las que sólo pueden emerger efluvios significativamente conformados para que sólo ellos puedan ver la luz. Y digo Cataluña, no una parte de Cataluña, sino toda ella, porque para que esa puerta con cadena y candado únicamente deslice por sus ranuras lo que constituye la cultura oficial del régimen, tal régimen necesariamente ha tenido que haber previamente secuestrado no a la parte sino al todo. De otro modo, no sería posible que la construcción cultural representativa de lo políticamente correcto aquí y ahora, fuera prácticamente lo único que tiene presencia en los foros que, en Cataluña, gozan de proyección (y protección) tanto interna como externa.

Se ha secuestrado a Cataluña con un método aparentemente nada sofisticado. La imagen de la puerta de madera antigua, vieja y con resquicios selectivos, constituye todo un símbolo. Sólo deja pasar lo que puede ser nuevo, creativo y cualitativamente estimulante si no pone en peligro el omnipresente mensaje cultural y político del nacionalismo más letal y conservador, disfrazado, eso sí, de la palabrería pseudomoderna y populista más abyecta hacia las manifestaciones culturales que no responden a esos parámetros y acompañado de la mayor tergiversación conceptual que el mundo civilizado ha sufrido desde que el Congreso de La Haya de 1948 esculpió a cincel la inescindible tríada “Estado de Derecho, Democracia y Derechos Humanos” como friso del mundo libre.

El método utilizado para este secuestro cultural no es simple, pese a su apariencia. Ha venido conformándose espuriamente, utilizando las emociones, sin poso cultural racional, a través de la educación, de los medios de comunicación, del uso indebido de los fondos públicos y del gregarismo asociativo identitario, para intentar hacernos creer que somos un pueblo, diríamos, privilegiado, portador (no diré de valores eternos porque la frase recuerda el infausto relicario del NODO) de excelsas peculiaridades labradas a lo largo de una historia de opresión, casi de exterminio cultural, las cuales ahora emergen cual Marianne liberadora, emulando a Gandhi o Luther King, símbolos utilizados en forma tergiversada por quienes nos (des)gobiernan.

De este modo, los resquicios de la envejecida puerta, dejan fluir los mensajes que van creando una cultura acuñadora de conceptos como el de buenos y malos catalanes, por ejemplo; la mejor consagración institucional de tal definición se hizo pública cuando el actual Presidente de la Generalitat, entonces dirigente del partido político que ganó las siguientes elecciones, calificó como “buenos catalanes” a los que habían asistido a la manifestación contra el Tribunal Constitucional, porque éste se había atrevido a considerar contrarios a la Constitución varios artículos del recientemente adoptado Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006. Si ésos eran buenos catalanes, ¿qué éramos los que no habíamos acudido a la manifestación?

La puerta del zulo también permite que por sus hendeduras se deslicen los personajes hegemónicos en la transmisión de conceptos adulterados, a los que se pretende dar carta de legitimidad a fuer de repetirlos machaconamente en tertulias, foros, conferencias, redes sociales… El ejemplo menos ético de todos ellos es la reiterada confrontación que estos héroes mediáticos realizan entre la ley y la voluntad popular, contraponiendo el Estado de Derecho a la democracia sin tener en cuenta que ésta se sostiene únicamente por el imperio de la ley, que es su mejor garantía. No nos dejan votar, dicen. No nos reconocen el derecho a decidir. O, peor, no dejan que Cataluña (sic otra vez) se constituya como el Estado que tiene derecho a ser. ¿Cómo van a justificar ante la sociedad, y ante la Historia, los actos contra la Constitución democráticamente establecida, con la aquiescencia abrumadoramente mayoritaria del electorado catalán en el referéndum que la alumbró, afirmando que saltarse la Constitución es una conducta democrática? ¿Cómo se atreven a insultar, como hacen, llamándonos fascistas y antidemócratas a quienes defendemos que la democracia exige el respeto a las leyes y el uso de los procedimientos legalmente establecidos para cambiarlas? ¿Cómo osan confundir a la ciudadanía creando dogmas falsos sobre el futuro de Cataluña en la Unión Europea, acerca de la bonanza económica como inherente a la hipotética independencia, respecto de una mejor prestación de esos servicios que ellos mismos han recortado innecesariamente detrayendo los recursos a ellos destinados para derivarlos a la propaganda secesionista o en relación, incluso, como ha afirmado una candidata de la coalición independentista, a que las mujeres sólo podremos ser realmente mujeres y desplegar todo nuestro potencial en una Cataluña independiente? ¿Cómo es posible que utilicen nuestro esfuerzo, nuestros impuestos, para financiar una propaganda cuyas técnicas nos recuerdan algo que creíamos periclitado en las sociedades democráticas, manipulando a golpe de talonario o de editoriales conjuntos no propios de la prensa libre?

Fíjense, piensen, y vean la minucia que los resquicios de la puerta dejan fluir.

Pero detrás de la puerta no está la nada. Está todo aquello que nos había identificado como sociedad abierta, plural y culturalmente avanzada. Está todo aquello que nos impulsó ante el mundo y nos hizo ocupar un lugar destacado en las artes, las letras y las ciencias. Están esos autores y ese mundo editorial que nos permitieron abrir los ojos y que ahora quieren relegar a las cavernas. ¿Por qué ahora no tenemos referentes culturales similares a lo que fueron Marsé, Gil de Biedma, Goytisolo…? ¿Porque escriben en lengua castellana y por ello se los esconde? ¿Por qué ahora nuevos y buenos autores afincados en Cataluña e internacionalmente reconocidos no consiguen emerger y son barridos por el tsunami de la cultureta oficialista? Podríamos seguir con un montón de por qué…

Ayer tuvo lugar la cena de inauguración de curso del flamante Centro Libre de Arte y Cultura (CLAC), con la asistencia de una cuarentena de personas del mundo cultural barcelonés. Me atrevería a situarnos, lo escribo incluyéndome porque yo también estaba ahí, al otro lado de la puerta, buscando inútilmente intersticios en la ajada madera que nos permitieran ser visibles y encontrar un lugar en la sociedad. Pero para ello no bastan los resquicios, no hay manera de colarse entre ellos. Para emerger necesitaríamos abrir la puerta. Y para abrirla queremos romper la cadena y el candado que la cierran. Necesitamos golpear con un cincel y un martillo que hagan saltar en pedazos los roñosos goznes y conseguir que la puerta quede abierta, podamos salir y el secuestro se termine.

El CLAC puede ser la herramienta que necesitamos. Por eso lo hemos creado. Para visibilizar a esa Cataluña abierta, plural e innovadora que queremos, en la que la igualdad de oportunidades se proyecte sobre todos los sectores socioculturales sin ningún tipo de discriminación.

Barcelona, 10 de septiembre de 2015.

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