EL CÓNSUL DE LITUANIA

La relación entre polacos y ucranianos siempre fue difícil, especialmente en el territorio de Volinia (situado hoy en Ucrania pero integrado, a lo largo de su historia, total o parcialmente, en Polonia, en Rusia o en Lituania, según los movimientos de fronteras habidos hasta la Segunda Guerra Mundial). La población ucraniana de Volinia (también tenía, este territorio, un buen porcentaje de población polaca)  no aceptó de buen grado la asimilación pretendida por el gobierno de Polonia y los dirigentes locales jugaron sus propias e interesadas batallas en el marco de las que jalonaron la primera mitad del siglo XX. En los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, los rusos ocuparon Volinia pero al poco tiempo fueron los nazis quienes tomaron el control del territorio. Tantos cambios, en un lugar donde la población estaba formada por grupos poblacionales distintos, no sucedieron sin guerras intestinas, venganzas y otras calamidades. Fue famoso el Ejército Ucraniano Insurgente, no por sus victorias militares, sino por las matanzas que perpetró y que todavía hoy son recordadas por los descendientes de quienes consiguieron sobrevivir a tal limpieza étnica, aunque parece ser que algunos polacos tampoco fueron mancos. Al finalizar la guerra, en la llamada Operación Vístula, con el apoyo de la URSS, el gobierno comunista de Polonia obligó, expulsando a los pobladores alemanes, al reasentamiento en los que llamaban “territorios recuperados” (como son las actuales Pomerania o Lubuskie, en el oeste de Polonia) de buena parte de los polacos que quedaban en Volinia, en lo que ha sido considerado por los historiadores como la primera deportación étnica de la historia de la URSS, aunque fuera en realidad acordada con los líderes aliados en las Conferencias de Teherán y Yalta.

En una fiesta, en una pequeña ciudad de la región de Lubuskie (en el oeste de Polonia, bajo la Pomerania, ambas fronterizas con Alemania), conocí a una agradabilísima persona que me dijeron era descendiente de una familia polaca que sufrió lo indecible en aquella época. Los ucranianos habían asesinado a su madre y a su hermana en una de las razzias emprendidas contra su población y, con su padre, tras un penoso y largo éxodo, se refugió en Lituania, país que también había pasado de unas manos a otras durante los siglos XIX y XX. Tampoco allí las cosas les fueron fáciles, a pesar de que los polacos y los lituanos habían tenido largos años de convivencia más o menos pacífica (durante dos siglos fueron una federación, la República de las dos naciones y hoy en día los polacos son la minoría mayoritaria en Lituania, algo más del 6% de la población total). Finalmente, estas personas regresaron a Polonia, normalizando trabajosamente su vida en una ciudad del oeste, a orillas del Oder. Me dejó impresionada la amabilidad y la acogida que me dispensaron en la fiesta de referencia y fue sólo después que supe de su azarosa vida. ¡Qué contraste! Me refiero a la alegría y espontaneidad con que se divertían. Nadie hubiera podido adivinar las trágicas vivencias que habían dejado atrás.

Aquí, que no salimos, en general, de nuestro “terruño”, al que consideramos el centro del universo, no tenemos para nada en cuenta lo que ha sido la historia de nuestra Europa. Nuestra Unión Europea integra los países que acabo de mencionar: Polonia, Lituania y Alemania. Y en nuestro Consejo de Europa también se encuentran Rusia, el Estado sucesor de la antigua Unión Soviética, y la disputada Ucrania. Todo ello, como máximo a cuatro horas de vuelo desde Barcelona. Y todo ello bullendo también actualmente como consecuencia del resurgimiento de los nacionalismos y de las disputas por establecer zonas de influencia entre la Unión Europea (sobre todo Alemania) y Rusia. Con Polonia por en medio, Ucrania en el ojo del huracán y Lituania mirando de reojo.

¡Ah! La “Independencia cantada” de Lituania… ¡Oh! Podríamos decir también, viendo que, en el idílico país, nuestra querida Unión Europea prácticamente garantiza un status quo que mantiene como apátridas a buena parte de su población, por no haberse asimilado a la “lituanidad” oficialmente establecida, con todo lo que ello significa, de un lado y del otro. Las minorías abarcan en Lituania a una población de, además del 6% de polacos, otro 6% de rusos, un poco más del 1% de bielorrusos y algo más del 2% de otros grupos étnicos. En total, entre el 15 y el 16% de la población no ha querido asimilarse al oficialismo y no ha adoptado la nacionalidad y la lengua lituana, tras la independencia del país, que se separó de la URSS al desmembrarse ésta, a principios de los años noventa.

Estas minorías, ahí se han quedado, diríamos vulgarmente, en el limbo, prácticamente sin derechos y, con una situación extravagante en el marco europeo, puesto que al ser considerados por Lituania como apátridas no gozan de la ciudadanía europea. Algo parecido sucede en los otros dos países bálticos, Estonia y Letonia, donde, con porcentajes diferentes, las minorías se enfrentan al mismo problema. Además, si no consiguen tener o recuperar la nacionalidad de su Estado de origen (para ello deben seguir las normas establecidas en cada país y no es fácil hacerlo desde el extranjero en la mayor parte de los casos), se encuentran ante múltiples inconvenientes, incluso ante el resto de la Comunidad Internacional. La biología, es decir, el fallecimiento de los de más edad, es prácticamente lo único que disminuye el número de apátridas. Paradógicamente, estos regímenes sí que contaron con las minorías en su campaña por la independencia; la “Vía Báltica”, cadena humana independentista uniendo a los tres países, exhibía sin pudor a los extranjeros que allí habitaban, para luego negarles el pan y la sal. Una vergüenza para Europa, vamos, que reconoció a estos países sin preguntar nada al respecto. Y para España, que no se la oyó tampoco en este campo. Y para Cataluña.

¿Para Cataluña? Pues sí, para Cataluña, una gran vergüenza. Por dos cosas.

La primera porque nuestros queridos independentistas loan el proceso báltico y, especialmente, el lituano. Si lo hacen con desconocimiento de la historia, es que son ignorantes. Y si la conocen, es que son cínicos. O ambas cosas.

Y la segunda porque, ¿no se acuerdan de quien ha sido durante todo este tiempo del procés el cónsul de Lituania en Barcelona? Voy a dejarles con la incógnita, para que pasen un ratito en Google y vayan y vean los intríngulis conectivos de la corrupción “a la catalana” con la vía báltica. És per a sucar-hi pa, com diem nosaltres…

 

L’Ametlla del Vallès (Barcelona), 2 de agosto de 2015.

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