EL PRIMER BURKA

Vi mi primer burka en Mostar, poco tiempo después de que terminara la guerra de Bosnia, cuando ni tan siquiera sabía que existía tal vestimenta. Una figura oscura, completamente tapada, atravesaba la pasarela que había sido construida sobre las ruinas de lo poco que quedaba del Stari Most, el extraordinario puente construido por orden de Soleimán el Magnífico que, sobre la Neretva, une las partes bosnia y croata de la ciudad. Pregunté quién era esa inquietante mujer, pues se adivinaba que el ropaje podía albergar a una persona del sexo femenino y mi colega y amiga de la Universidad Dzemal Bijedic me respondió que era extranjera, seguramente enviada desde Arabia Saudita. Este país había adoptado un programa de reconstrucción de mezquitas y prácticamente todas ellas refulgían esplendorosamente y expandían su particular doctrina importada, mientras que el resto de la ciudad era un amasijo de ruinas.

Me impresionaron mucho tres cosas en Mostar. Una era que las casas parecían coladores, pues estaban completamente llenas de balas incrustadas, como si hubieran sido disparadas desde la ventana de enfrente (me dijeron que así había ocurrido). Otra, que escuelas, hospitales y otros edificios públicos estaban en un estado lamentable (no así las mezquitas de la “reconstrucción”), tan lamentable que la mayor parte de ellos tuvieron que ser totalmente derribados para ser, en su caso, reconstruidos. Y, la tercera, ésta fue la que más me sobrecogió, que los jardines de la ciudad estaban llenos de tumbas, pues habían tenido que ser transformados en cementerios ya que resultaba imposible enterrar a los muertos en el camposanto porque estaba en las afueras y los francotiradores tenían allí un blanco fácil para continuar sembrando el terror en la ciudad.

Ciertamente, Mostar continuaba (parece que ahora las cosas están mejor, aunque sin que se pueda decir que solucionadas totalmente) estando partida en dos, no sólo por el río. Con los Acuerdos de Dayton, se consolidó que la mayor parte de la población croata se concentrara en la orilla oeste mientras que la bosnia se agrupó en la orilla oriental. Pero, en cada una de estas partes, era obligada la residencia de un pequeño porcentaje de la otra comunidad. Ahora la tensión ha disminuido pero durante el tiempo que trabajé en Mostar, cuando alguien perteneciente a la minoría territorial te invitaba a su casa, se hablaba bajito y con las ventanas cerradas, por miedo a las consecuencias derivadas de lo que los vecinos pudieran oír, especialmente en el lado croata. No era extraño eso en aquél entonces, puesto que las comunidades estaban completamente aisladas una de la otra y la vida no era fácil entre ellas. Tan exasperadamente hostil era la convivencia que yo sólo alcancé a comprender esa situación cuando supe que, durante la guerra, el comandante de las milicias bosnias, a quien llegué a conocer, precisamente en uno de esos jardines transformados en necrópolis, era un militar croata cuya mujer bosnia fue la primera víctima de los francotiradores croatas.

Cuando llegué a Mostar, la Universidad Dzemal Bijedic se acababa de formar, a instancias de profesores y estudiantes bosnios musulmanes que habían sido expulsados de la antigua universidad, con la limpieza étnica que las autoridades croatas de ésta efectuaron al haber quedado el edificio universitario en la zona occidental de la ciudad, de abrumadora mayoría croata. Los bosnios se instalaron en un antiguo cuartel, a las afueras, con poquísimos medios. Sólo la intensa actividad de sus promotores, permitía pensar que aquello podría normalizarse como universidad. No sólo tuvieron que adecentar el recinto y adaptarlo en lo posible para que pudiera ser un establecimiento universitario, tuvieron que comenzar a hacer una biblioteca, redactar los manuales, establecer los planes de estudio… A instancias de mi colega y querida amiga bosnia, que posteriormente nos visitó en Barcelona, con ocasión de un programa de colaboración organizado por el entonces Síndic de Greuges de Cataluña en el cual participamos ambas, la biblioteca del Consell Consultiu de la Generalitat les ayudó a formar la suya, con el envío de todos los manuales y revistas duplicados, al tiempo que se les ha venido suministrando desde entonces (lo he comprobado hace escasas semanas), el acceso a su fondo documental y remitiéndoles todo aquello que fuera de su interés y pudiera ser objeto de envío electrónico (el grado de conocimiento de idiomas del profesorado bosnio es altísimo). Hoy, los profesores de la Universidad Dzemal Bijedic trabajan con el Consejo de Europa, forman parte de redes y grupos de investigación internacionales y, pese a su pequeña dimensión, goza de un reconocido estatus entre las Universidades de los Balcanes. Y me enorgullece enormemente haber puesto un granito de arena en ello.

¿Por qué me acuerdo ahora de mis amigos de Bosnia? La verdad es que siempre hemos mantenido un apasionante y entrañable contacto. Pero una noticia que acabo de conocer a través de otra amiga, sueca, que había leído en un periódico de su país, me ha sacudido como un dardo envenenado. Partiendo de la información inicial, he accedido a la noticia original, publicada en el Daily Mirror, que cuenta con todo lujo de detalles que una célula del DAESH (me resisto a llamarle Estado Islámico, porque para poder ser un Estado hay que tener un cierto grado de legitimidad) ha establecido una base de entrenamiento en Oswe (Bosnia), una pequeña aldea de una zona despoblada, a un centenar de kilómetros de Sarajevo.  No pude menos que acordarme de aquel primer burka andante que vi en el Stari Most.

Aquella penetración inicial del radicalismo en Europa (quizás no hay nada más europeo que Bosnia, donde prácticamente comenzó la Primera Guerra Europea/Mundial, con el atentado de Sarajevo) irrumpiendo en una sociedad rota por la guerra de desmembramiento de la antigua Yugoslavia, está intentando consolidarse en territorio europeo, generando posiciones intolerantes y abriendo la puerta a situaciones inimaginables incluso en aquel entonces, puesto que se trata de la primera base armada del radicalismo, del odio, de la intolerancia y del desprecio a la dignidad humana establecida en el corazón de Europa.

Ello me preocupa especialmente porque, si pensamos en cómo han ido evolucionando las cosas, tal progresiva y sinuosa penetración constituye una muestra de lo que puede suceder cuando no se reacciona a tiempo (porque no se puede o porque no se quiere) ante las políticas reduccionistas que, pretendiendo la asimilación del pluralismo en torno a una única representación del pensamiento, van minando subrepticiamente la riqueza inherente a la cultura libre y democrática.

Gozów (Polonia), 26 de julio de 2015.

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