DE CATÁFORAS Y OTROS ANIMALES

Catáfora: Tipo de deixis que desempeñan algunas palabras, como los pronombres, para anticipar el significado de una parte del discurso que va a ser emitida a continuación; p. ej., esto en lo que dijo es esto: que renunciaba.

(Real Academia Española. Diccionario de la lengua española).

La prensa se hizo eco hace pocos días de que Wikipedia había recibido no sé cuántas entradas para conocer el significado de catáfora, a raíz de que en el examen de selectividad de este año se preguntó a los estudiantes qué era esa figura literaria. Parece ser que muy pocos conocían su significado.

A decir verdad, yo también tuve que buscarla en el diccionario porque en mi época no puedo asegurar que existiera (o no) y eso que nuestra profesora de lengua se esmeraba sobremanera para que, además de usar un vocabulario y una sintaxis apropiada, conociéramos qué eran y en qué contexto se utilizaban, entre otras, las sinécdoques, metáforas, prosopopeyas, hipérboles, aliteraciones o perífrasis. Pero la catáfora, por más que rebusco en la memoria, no la recuerdo para nada.

¿Fueron penalizados los estudiantes que no conocían qué era “eso”? ¿Tenían que haberlo sabido? Parece ser que sí, que no saberlo disminuía la nota en lengua y que, efectivamente, el concepto era “preguntable”. Al menos eso he deducido de los comentarios que en los medios de comunicación se realizaron al respecto.

Entonces pensé que, ciertamente, los objetivos que, al menos en esa materia, eran exigibles a quienes pretendían seguir una carrera universitaria, eran francamente “de nivel”, puesto que ni yo misma hubiera sabido la respuesta correcta. Y que, seguramente, en otras materias, estudiadas (supongo) en el bachillerato, también se les pedirían “conocimientos, habilidades y competencias” (en la terminología “de Bolonia”) que les permitieran alcanzar con cierta facilidad el objetivo de tener un título universitario.

Sin embardo, serias dudas me turban el ánimo. En mis más de cuarenta años de experiencia docente, siempre he pensado que la educación tenía que proporcionar los instrumentos necesarios para un desarrollo personal que fuera útil, globalmente, para la vida. Que, además de servir para ir aprobando asignaturas y acceder a titulaciones, formara ciudadanas y ciudadanos conscientes de sus derechos y obligaciones, que supieran dirigirse a las autoridades y a sus conciudadanos de manera apropiada y que pudieran entender mínimamente lo que pasa en este mundo tan complejo y globalizado de hoy en día. Pero no. Ello no es, ni ha sido así, para muchos de los jóvenes que se han sentado en nuestras aulas y se me está haciendo cada vez más difícil hacerles comprender los significados de conceptos básicos.

Como mi mundo es el del Derecho, pensé en un primer momento que ello podía ser debido a que, si bien en prácticamente todas las demás carreras universitarias estudiaban materias que tenían un referente claro en los estudios de bachillerato (en medicina habían visto ciencias naturales o biología; en química o física, sus homólogas; en lengua, literatura, filosofía, etc. lo mismo), ello no era así en relación con el ámbito jurídico, pues nada se enseña al respecto en la educación no universitaria. Ello constituye un craso error, desde mi concepción sobre qué tiene que ser la educación de nuestros jóvenes, pues, como cualquier persona, han realizado y van a tener que estar realizando actos jurídicos, con efectos jurídicos, a lo largo de toda su vida, desde su nacimiento e inscripción en el correspondiente registro, hasta su fallecimiento, que también producirá los debidos efectos, pasando por compraventas, arrendamientos, préstamos, matrimonios, divorcios, cesiones, contratos de trabajo, etc., etc., etc. Nada se enseña al respecto fuera de la carrera de Derecho. Y luego nos extraña que la gente se hipoteque indebidamente o se quede con los ojos a cuadros cuando le dicen que las “preferentes” que compró en su día le han dejado completamente arruinado.

A nuestros jóvenes tampoco se les imparten conocimientos sobre los sistemas políticos, las distintas formas de organizar las listas electorales o qué significa que tienen derecho a un juez independiente e imparcial. No tienen consciencia clara de cuáles son sus derechos y sus obligaciones (que también las tienen, aunque ahora no sea políticamente correcto recordarlo). De ahí que, ante conceptos como voto preferencial, bienes gananciales, dilaciones indebidas, Estado de Derecho, acción positiva o recurso de amparo, muchos de ellos pongan la misma cara de póker que ante la (ahora) famosa catáfora.

No me parece mal que catáfora sea “preguntable”, porque ello significa que han debido tener, al menos, ese concepto en el programa de lengua y hay que promocionar la cultura literaria. Sí me parece mal que, por no haberlos incluido dentro de las enseñanzas obligatorias, los otros conceptos, a los que supongo habría que atribuir como mínimo el mismo valor educativo que a las figuras literarias, no sean “preguntables”.

En el AVE, 23 de junio de 2015.

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