DEPRISA, DEPRISA

La Fundación Jean Monnet tiene su sede en Lausana (Suiza), en un magnífico y verde campus universitario. Además de difundir los valores europeos, guarda lo que fue el archivo personal de Jean Monnet en un búnker construido por el gobierno federal junto con documentos gráficos, sonoros y audiovisuales, que testimonian los primeros años de la construcción europea. Fue el propio Jean Monnet quien acordó la cesión de sus archivos con el gobierno de Suiza, debido a la neutralidad del país y a la discreción de que hace gala con todo aquello que allí se deposita. Visité la Fundación hace un par de años y, en el transcurso de mi estancia, fui invitada a una conferencia-coloquio sobre las relaciones entre Suiza y la Unión Europea.

El ponente principal de la sesión, que tuvo lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Lausana, era quien fue el ministro federal encargado de la negociación de la frustrada entrada de Suiza en el Espacio Económico Europeo (EEE), organización que integra a los Estados miembros de la UE y los de la Asociación Europea de Libre Comercio, de la que forma parte Suiza. El público me llamó poderosamente la atención puesto que estaba formado no sólo por estudiantes, sino, por lo que deduje en el coloquio, por profesionales, periodistas, sindicalistas y políticos de distinta adscripción. Nunca, ni en los mejores tiempos, había visto nada semejante en nuestras universidades.

También me llamó la atención la elegancia arquitectónica de la universidad, la limpieza y pulcritud del edificio y la educación de toda la comunidad universitaria, estudiantes incluidos. Todo ello en un centro educativo público. Y otra cosa a resaltar fue el nivel del debate, especialmente por parte del público joven, que no había vivido la época que explicaba el ponente, pero que quería entender por qué la sociedad suiza en su conjunto rechazó entrar en el EEE en el referéndum de 1992.

El ministro (en Suiza, como en el ámbito anglosajón, no se consideran “ex” a quienes han cesado en las funciones públicas, sino que mantienen el título del cargo) expuso concienzudamente, tanto en su primera intervención como en la discusión que le siguió, todos los pros y los contras del proceso político que condujo a la celebración del referéndum sobre la entrada en el EEE que, según la mayor parte de analistas, fue el tema más importante que se ha debatido en la actual Suiza, por las repercusiones y los profundos cambios, políticos y económicos, que la entrada en el EEE podía provocar. Incluso había cuantificado monetariamente lo que podía haber conseguido Suiza si, además, hubiera entrado en el euro y las pérdidas que, calculaba, se produjeron debido a la respuesta negativa que dio la población en la consulta. También realizó una profunda autocrítica acerca de cómo el gobierno federal y él mismo, habían gestionado el asunto. Era como estar en clase, con un profesor sumamente pedagógico y que, además, fomentaba el debate serio entre los alumnos.

Por lo que parece, Suiza tiene una especial relación de amor/odio con la Unión Europea. En aquella sesión se evidenció que una parte de la población quería tener lazos más fuertes con ella o, incluso, integrarse en la Unión. Otra parte, por el contrario, parecía radicalmente contraria a la pérdida de soberanía que ello pudiera constituir. Siendo, como son, los suizos, sumamente sagaces en el ámbito económico (no es extraño que de allí fueran Baumer, con sus evaluaciones pronósticas en las pruebas, o Bernoulli, con su teoría de probabilidades), la mayor parte de las intervenciones y preguntas que aparecieron en el coloquio tenían que ver con si a la economía suiza le iría mejor, o peor, estrechando las relaciones con la UE o integrándose en el euro. Daba la impresión de estar en un debate entre expertos en el que cada parte exponía razonadamente sus argumentos y los contrastaba con los de los contrarios.

Después del debate vino la cena, que fue una continuación de aquél, pero con una diferencia substancial, puesto que justo era la época en que comenzaba a tener cierta repercusión exterior el debate soberanista en Cataluña y los suizos tenían en la mesa a una catalana con quien hablar del tema. Desde luego, estaban informados. Y sorprendidos.

Lo primero que les había sorprendido fue que un gobierno legalmente constituido, el catalán, cuestionara la legitimidad de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía. Aunque Suiza no tiene un tribunal constitucional y su control de constitucionalidad es difuso, pues se efectúa por los tribunales ordinarios, allí es inimaginable que un gobierno cantonal encabece una manifestación contra una sentencia del Tribunal Supremo Federal declarando contrarios a la Constitución Federal de la Confederación Suiza (así se denomina su Constitución) uno o varios artículos de la Constitución de un cantón.

También les sorprendía que se comenzara a plantear en Cataluña un “derecho a decidir” que tampoco entendían. Sobre todo, no entendían, ellos, los del país de la democracia directa (al modo de Rousseau, nacido en Ginebra, e ideológicamente perseguido en su país natal hasta el punto de haberse tenido que exiliar varias veces) cómo se podía organizar, de la noche a la mañana, un referéndum para decidir si Cataluña quería seguir, o no, formando parte de España. Aunque, desde Simonde de Sismondi, el socialismo romántico forma parte un poco del ADN político suizo, a mis compañeros de mesa no les entraba en la cabeza que, según ellos, con tanta precipitación se obligara a la población a expresar su opinión sobre una cuestión tan relevante.

Les expuse los argumentos, para nosotros consabidos, del expolio fiscal, de la humillación histórica desde Felipe V, de la perpetua persecución de la lengua catalana, de la represión identitaria, del simbolismo de la Renaixença o el Memorial de Greuges y otras alegorías al uso. Todavía se extrañaron más. Decían que, incluso concordando con la idea final, el Gobierno catalán quería ir demasiado deprisa.

Deprisa, deprisa, como aquellos adolescentes que, en la película de Carlos Saura querían comerse el mundo a toda velocidad por la vía fácil… ¿Eran conscientes de los riesgos que corrían?

En un momento dado, el ministro, con la autoridad que le daba no sólo su condición, sino el respeto que se había ganado entre la clase política y la ciudadanía, por haber asumido dignamente tanto el riesgo como la derrota, me dijo lo siguiente:

“Después de muchos años de debate político acerca de si a Suiza le convenía o no estrechar lazos con la Unión Europea, el Gobierno decidió que tenía que pensar seriamente en la realización de un referéndum federal, el de la entrada en el Espacio Económico Europeo. Cuanto tomamos la decisión, en el Consejo de Gobierno, acababa de nacer mi hija. Hicimos el referéndum justo después de su boda”.

No es, desde luego, textual, la frase. Pero yo me la tomo como si lo fuera. No se diera el caso de que, al igual que en la película de Saura, tanta prisa por llegar a Ítaca acabara en un naufragio.

L’Ametlla del Vallès, 18 de junio de 2015

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