LOS HIJOS DE MAYO DEL 68

Aunque muchos no estuvimos “allí” en el preciso momento, mucha gente de mi generación, aquellos que ahora tenemos entre 60 y 80 años, somos un poco “hijos del Mayo del 68”. Aquí la prensa nos daba algunas noticias sobre los “disturbios” en París, veíamos en los telediarios las barricadas de adoquines y, las revistas más audaces, comenzaban a analizar tímidamente aquella “imaginación al poder” que conocíamos algo más a fondo a través de amigos, conocidos y otras personas que estaban en contacto directo con los hechos.

Seguramente en las grandes ciudades y, sobre todo, en las grandes universidades españolas, en Madrid y Barcelona fundamentalmente, se podía acceder a mejores informaciones sobre lo que estaba pasando “allí”. Pero en el resto de España, los estudiantes “de provincias” (así nos identificaban a quienes, como era mi caso, estudiábamos en universidades que no estaban dominadas por esa gauche divine, que pocos años después ocuparía buena parte de los centros de decisión no sólo universitaria sino también política y económica) buscábamos, algunos, no todos por supuesto, mejores informaciones y métodos de análisis en la trastienda de algunas, pocas, librerías que se atrevían a vender ocultamente traducciones de obras de Marcuse, Sartre, Chomsky o Fromm, que leíamos con fruición, a menudo sin acabar de comprender el significado real de todo ello. Llegaban también a nuestros oídos ecos de la “contracultura” californiana y si, por un azar, alguien que hubiera pasado por Berkeley se ponía a tiro en cualquier sitio accesible, procurábamos acudir y escuchar, abriendo desmesuradamente los ojos, todo aquello que, desde la pretendida revolución anticapitalista y antiimperialista, emergía como una nueva forma de vida o de entender el mundo.

Yo no estuve “allí” en el preciso momento. Pero varios “momentos” después, desde 1972 a 1981, estuve viviendo varios meses al año en Francia, sobre todo en París, donde el recuerdo de Mayo del 68 estaba presente en todas las esquinas y se analizaba profusamente en los seminarios que, en La Sorbona, impartían Althusser, Poulantzas, Mandel, Aron, Duverger, Touraine y otros “gurús” a los que tanto debemos analíticamente hablando y de los cuales saqué una conclusión muy simple y aleccionadora: los trabajadores y las clases medias, desconfiando de aquel extraordinario y contradictorio movimiento de masas, apenas llegaron a las barricadas estudiantiles, y aquel mes de mayo del 68 terminó con la disolución de la Asamblea Nacional, una inmensa manifestación de defensa de la República el día 30 y un triunfo arrollador de De Gaulle y sus aliados en las elecciones del posterior mes de junio.

Pero todo ello nos impulsó intelectualmente. ¡Ah! Nanterre… y Cohn-Bendit… iconos de aquellos días… La izquierda neomarxista, formada por grupúsculos y subgrupúsculos, se reforzó en casi todas las grandes universidades de buena parte de Europa (recordemos que no había caído todavía el Muro). Muchos nos lanzamos a la acción política, dentro y fuera de los (prohibidos en España) partidos políticos y, cuando acudíamos a las asambleas de la Cité universitaria de París, sobre todo en el Colegio de España, asistíamos a un espectáculo que luego hemos visto reproducido en “La vida de Brian” cuando las múltiples y, en la película divertidas, facciones anti romanas, discutían sin llegar nunca a conclusiones operativas acerca de cómo derrocar al funesto Imperio.

En la universidad y en los institutos de enseñanza media españoles, como la actuación política no podía ser transparente ni evidente, se expresaba en torno a reivindicaciones profesionales. El eje principal se articulaba denostando al funcionariado (por identificado con el régimen y por favorecer corruptelas) y promoviendo, como panacea universal que arrasaría con todos los males, el contrato laboral de todos los docentes. No importaba el detonante de los encierros, huelgas, manifiestos y otras actividades que se emprendían para reivindicar mejores condiciones de trabajo en los centros educativos y , cómo no, el contrato laboral. Podía ser el inicio del Proceso 1001, cuando se condenó a Marcelino Camacho y otros miembros de Comisiones Obreras a entre 20 y 17 años de cárcel por su osadía sindicalista, aunque posteriormente estas penas fueron rebajadas substancialmente. Podían ser los aciagos fusilamientos de 1974 y 1975, cuando se ejecutó la pena capital tras sendos simulacros de procesos que no resistían, ni en aquel momento, ningún análisis jurídico mínimamente serio. Siempre, cuando se producían estas infamantes acciones del régimen, los PNN (profesores no numerarios, es decir, no funcionarios, contratados o interinos) reivindicábamos el famoso contrato laboral que, según sus promotores, nos conduciría a la construcción de una educación democrática y socialmente más justa.

En aquellos años, en la pre-transición, a mí me resultaba un tanto insólito el “mensaje” que la oposición al franquismo lanzaba en el exterior, en la Cité Universitaire, a la que continuaba acudiendo en mis meses parisinos, pese a la perplejidad que me producía oír las proclamas de huelga general revolucionaria que, según sus promotores, era inminente y provocaría la ruptura con el sistema. Se trataba de una perplejidad tanto más evidente cuando, en el interior,  además del hecho objetivo de que las llamadas a la huelga general no cosechaban más que rotundos fracasos, los “revolucionarios” líderes educativos, defensores retóricos del contrato laboral, se apresuraban a realizar las oposiciones para convertirse en funcionarios del sistema, como profesores de enseñanza media, dejando a los pies de los caballos (en mi caso literalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid) a quienes nos habíamos creído las bondades del no funcionariado y no nos habíamos presentado a tales pruebas. La estampa no podía ser más explícita: los que se presumían hijos directos de Mayo del 68, los líderes, estaban en las aulas, esmerándose en responder las preguntas formuladas en unas mal llamadas oposiciones, que ganaron de calle, pues sólo se presentaron ellos y, quienes les habían seguido en la defensa del contrato laboral, que les veían a través de las ventanas, estaban fuera, en la calle, desengañados, golpeados por los “grises”, esquivando a los caballos o en huelga en sus respectivas “provincias”, sin saber que se había comenzado a fraguar el asalto al poder educativo para, después, hacer lo propio, con todo lo que se pudiera, en el terreno político.

¿Por qué escribo hoy todo esto? Pues porque tengo una cierta sensación de déjà vu cuando, excelsos colegas míos (o asimilables), también hijos de Mayo del 68, se entusiasman con los actuales movimientos populistas que, a fuer de pretender ser los “auténticamente demócratas” (otra vez “La vida de Brian”) pretenden hacernos tocar el cielo con sus ahora edulcoradas propuestas “antisistema” mientras comienzan a repartirse entre ellos las prebendas de todo tipo que su acceso a puestos de (cierto) poder político les facilita.

Aunque discrepando, puedo comprender a los “nietos de Mayo del 68”, a nuestros hijos, que son sus nietos, porque no vivieron aquella contradictoria y apasionante época. Pero no puedo entender a mis “hermanos” salvo que, en el fondo, de lo que se trate es de volver a hacer lo mismo de distinta manera.

30 de mayo de 2015.

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