LOS FEDERALISMOS DEL SIGLO XXI

Hoy he asistido a la presentación de un libro interesante como pocos. Ha sido escrito por dos profesores universitarios de Derecho Constitucional. Uno de la Universidad del País Vasco y otro de la mía, la Universidad Autónoma de Barcelona.

Ya el título es sugerente: Los federalismos del siglo XXI. “Los federalismos” porque no hay un único modelo federal. Y “del siglo XXI” porque es lo que nos interesa aquí y ahora. El contenido lo es aún más: analizan, con otros profesores de distintos países, el diseño constitucional y el funcionamiento efectivo de los principales estados federales del mundo: Estados Unidos, Canadá, Alemania, Austria, Bélgica, Suiza, Australia y la India. Y de ello extraen similitudes y diferencias, es decir, indicadores, que pueden ser útiles para abordar el debate actual sobre la necesaria reforma de la estructura del estado en España.

Me ha gustado mucho el enfoque de derecho comparado, es decir, el que tiene en cuenta qué se hace en otros sitios, en otros países que también tienen sociedades complejas, a cuyas necesidades hay que proporcionar respuestas y soluciones racionales y pertinentes. En el coloquio que siguió a la presentación, destaqué esta perspectiva de análisis, como “novedad” en el actual debate académico, excesivamente centrado, en los últimos años, en “mirarse el ombligo”, sin atender debidamente a las consecuencias que la integración en la UE y la globalización están teniendo en la configuración de nuestros sistemas políticos, especialmente en sociedades peliagudas como la nuestra.

Una de las cosas que siempre aparece en las conversaciones legas sobre qué es un estado federal es la recurrente idea de que en una federación todos sus componentes (los estados federados) tienen las mismas competencias y que, por lo tanto, este tipo de estado uniformiza y no respeta las particularidades, superponiendo el todo (la federación) a las partes (los estados federados).

Nada más falso. Desde que se consolidó el primer estado federal moderno, los Estados Unidos (les costó una guerra civil aceptarlo), el reparto de competencias que se establece entre la federación y los entes federados atiende ciertamente al criterio de que los estados federados tienen “las mismas competencias”, pero sin que ello constituya la negación de lo que cada miembro de la federación es o quiere ser.

La federalización, aunque conlleva cesión de competencias internas y externas al ente central, no comporta que todos los estados miembros tengan exactamente las mismas competencias. Primero, por razones geográficas, puesto que, por ejemplo, no pueden tener competencias en costas los estados interiores que no tienen mar y no tienen tampoco competencias exactamente iguales los estados en cuyo territorio discurren grandes cuencas fluviales que aquellos otros que son prácticamente un desierto. Además de éstas y otras peculiaridades, en la práctica, lo que caracteriza y singulariza a cada uno de los estados que componen la federación, es la forma concreta en que cada uno ejerce las competencias que la Constitución atribuye, con carácter general, al conjunto de los estados miembros; así, por poner un ejemplo, aunque todos los estados de Estados Unidos tienen competencias en materia de lo que aquí denominamos seguridad social, quienes hayan vivido o pasado cierto tiempo en aquel país, se habrán dado perfecta cuenta de que no es lo mismo la seguridad social en Florida que en California.

En una federación, en el marco de sus competencias, los estados que la forman, plasman sus singularidades no sobre la base de “hechos diferenciales” teóricos, reales o inventados, sino sobre cómo conforman las políticas públicas que inciden en la vida de los ciudadanos. Y la federación asegura, sin que ello suponga uniformidad, la necesaria no discriminación entre las personas, con independencia del territorio o estado federado en el que vivan o se encuentren.

Siempre me viene esto a la cabeza cuando compruebo las falacias que reinan en los medios de comunicación, en el debate político, respecto de si con una federalización de España se podría resolver “el problema catalán”. Cual arma arrojadiza, o como en el far west o las películas de Clint Eastwood, la palabra federalismo se esgrime como panacea universal por unos, o se dispara a bocajarro contra ella por otros, muchas veces sin que quienes lo hacen tengan conocimiento alguno sobre sus significados.

Quizás el federalismo, los federalismos, conforman un modelo excesivamente racional para que pueda ser comprendido por quienes han sustituido la religión por otro tipo de creencias, menos metafísicas y más onerosamente ligadas a prebendas, que creen poder conservar, o aumentar mejor, si consiguen que triunfen las emociones.

Porque es, lisa y llanamente, una llamada a las emociones la prédica política que, denostando el diálogo serio en torno a una federalización de nuestro estado de las autonomías, enardecen mediante soflamas patrióticas carentes de todo realismo, a quienes de buena fe pueden llegar a pensar, equivocadamente, que Europa tocaría las castañuelas con la creación de un nuevo y pequeñito estado llamado Cataluña.

Por eso me ha parecido muy oportuna la reflexión que nos propone el libro Los federalismos del siglo XXI. Porque introduce un punto de racionalidad, de modernidad y de realismo, totalmente distinto del ya cansino debate al que nos tienen desgraciadamente acostumbrados los “monocordes” medios de comunicación públicos catalanes. Y también porque demuestra que la universidad, como entidad proveedora de conocimiento no servil ni políticamente subvencionado, puede contribuir a establecer líneas de pensamiento científicamente contrastadas, que es lo que nos tendría que importar en la toma de decisión política, como decía Bobbio, en nuestra calidad de ciudadanos libres, conscientes e informados.

Esto sí que sería “derecho a decidir” y no lo que nos están vendiendo….

Barcelona, 8 de junio de 2015.

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